Hoy me levanté temprano y, con la casa en silencio, mi mente empezó a divagar. Algo que suele hacer cuando tengo tiempo ocioso. Esta vez me imaginé en un escenario haciendo stand-up, contando parte de una rutina. Una rutina que no estaba escrita y que iba improvisando mientras me la contaba. Eso está buenísimo porque me permite reírme de chistes que me estoy inventando y que no conozco.
Entre esos chistes que fueron apareciendo, donde hablaba de diversos temas, me acordé del dueño de un local para el que trabajé. Fue en España. Yo estaba indocumentado, y el dueño era un tano que contrataba dos empleados en negro por cada empleado en blanco. Literalmente. Éramos tres empleados: la recepcionista, española, simpática, linda y con papeles; un hombre de algún lugar de Sudamérica que cosía muy bien con las máquinas; y yo, que armaba colchonetas y tapizaba algunos muebles. El tano era bastante hijo de puta. Nos tenía cagando, con todo el taller lleno de cámaras por miedo a que le robáramos algo. Los fines de semana se la pasaba revisando las grabaciones para ver si habíamos hecho algo raro.
Ahí mi mente hizo un quiebre y dejó el humor para pasar a la reflexión con una sola frase: "Cuán necesarios son los corruptos en este sistema." Ya sé, muchos van a pensar que estoy loco, pero permítanme desarrollar.
Ese tano era corrupto, sí. Nos explotaba a sabiendas de que no podíamos quejarnos y evadía un montón de compromisos fiscales y legales al darnos trabajo en negro. Pero, al mismo tiempo, este corrupto era "necesario" porque cubría una necesidad que el sistema no estaba atendiendo: nos daba empleo a dos personas que lo necesitábamos para vivir, o para enviar parte de esos ingresos a nuestras familias en nuestros países de origen.
Inmediatamente, en mi cabeza aparecieron otros ejemplos de corruptos: punteros políticos, jueces, policías, empleados públicos y privados. Y, aunque no siempre, en muchos casos estos personajes, que a simple vista uno podría considerar despreciables, terminan siendo "necesarios". Solventan problemas que el sistema no tiene en cuenta, casi siempre relacionados con la pobreza o la vulneración de derechos.
Las mafias no nacen acosando al poderoso. No, las mafias nacen de las necesidades no cubiertas de los que no tienen poder, de los que ven cómo esa calidad de vida que los rodea sigue siendo inalcanzable. El puntero político que organiza una marcha paga "es necesario" porque está cubriendo algo que el sistema no cubre: darle unas migajas a quienes las necesitan desesperadamente. ¿O acaso alguien cree que muchas de esas personas dejarían un trabajo digno para marchar por unos pesos? No. Lo hacen porque esas pocas monedas les son imprescindibles.
Lo mismo pasa con las comisarías que extorsionan a las trabajadoras sexuales y se quedan con parte del dinero que ellas generan. Si el "trabajo" —y lo pongo entre comillas solo porque no está legalizado ni reglamentado— estuviera protegido por la ley, estas mujeres no tendrían que lidiar con policías corruptos. Igual que el migrante indocumentado no sería explotado si pudiera trabajar legalmente.
Reflexión final
Lo que quiero decir con esto —y podría poner muchos más ejemplos, pero creo que no hacen falta— es que hay una relación directa entre las necesidades no contempladas por el sistema y la corrupción. En su mayoría, esas necesidades están relacionadas con la pobreza o el deseo de una vida mejor. Ambas cosas son fomentadas por el mismo sistema que, irónicamente, pretende eliminar la corrupción.
Entonces, me pregunto: ¿Cuál es la mejor forma de acabar con esto? ¿Poner un detector de corruptos que, a la larga, generará más corrupción para atender las necesidades no cubiertas del corrupto? ¿O analizar el sistema, encontrar las causas y trabajar para eliminarlas?
Yo tengo mi respuesta, y estoy seguro de que muchos también. Pero, de esta reflexión, se desprende otra pregunta: ¿Es realmente importante para el sistema actual eliminar la necesidad del corrupto? ¿O el corrupto es, en realidad, un pilar fundamental para que todo siga funcionando?